sábado, julio 23, 2011

Viajar es tomar fotos

De visita por el Centro (me revienta esa etiqueta oficial de “Histórico”) de la Ciudad de México, entramos al Pasaje Catedral, un pasillo comercial techado entre dos edificios que conecta la calle de República de Guatemala con la de Donceles.  A lo largo del callejón uno encuentra decenas de tiendas dedicadas a la venta de artículos religiosos. 

Al alzar la vista uno ve los balcones de los edificios con alguna mercancía expuesta como publicidad.  De pronto, veo tres estatuas del Sagrado Corazón de Jesús, tamaño “natural”, una junto a la otra en un balcón superior.  Me pareció una estampa memorable.  No traía mi cámara (el aparato, pues, destinado exclusivamente para ello), pero hoy en día cualquier ciudadano va equipado con la que le incluyó su teléfono celular, así que me apresuré a sacar el mío.  No tenía ni 10 segundos de ir explorando la mejor manera de captar la imagen cuando llegó el personal de seguridad del tianguis a decirme que estaban prohibidas las fotografías.  “¿Y eso por qué?", enfurecí.  “Porque es propiedad privada”, respondió. “¿Y eso qué tiene que ver con que estén prohibidas?”, “Pues que no se permite”.  Total que “no es no”.  Frustrado guardé el celular.

Recordé el año anterior, cuando visité el pueblo de Santa María Tonantzintla, cerca de la ciudad de Puebla.  Ahí se encuentra una de las más monumentales obras del barroco con el sello de la mano de obra indígena o tequitqui. La iglesia de Tonantzintla alberga en su interior cientos, si no es que miles, de imágenes de angelitos y santos, entrelazados por líneas garigoleadas pintadas en dorado y detalles coloridos de maíz, objetos religiosos… Una fiesta del atasque barroco pero claramente con un toque popular que no se observa en las capillas del Rosario en Oaxaca o en Puebla.  Si no es un deleite, al menos sí es una curiosidad que deja sin aliento a cualquiera que entra.  Incluso es posible sentir cierta incomodidad o hasta claustrofobia ante el ataque del llamado horror vacui de este estilo arquitectónico en su faceta mexicana-indígena.

Saqué la cámara y por poco fui tacleado por uno de los miembros de la mayordomía del pueblo: “no están permitidas las fotografías”, “pero es sin flash”, “tampoco”, “¿por qué?”, “porque daña a las imágenes”, “pero es sin flash”, “no importa, afuera encontrará imágenes de la iglesia a la venta”.  Enfurecí.  Esa sensación de propiedad sobre la imagen me ofendió tanto que incluso me castigué a mí mismo con continuar admirando la iglesia, me retiré con cierta altivez como diciendo: “pues quédense con su templo.”

Y como ésta, hay miles de experiencias y lugares prohibidos para la fotografía.  Con o sin flash, en espacios públicos o privados (pero de acceso público), fotografiar una pared, una obra, un rincón, es considerada una falta mayor.  Y las veces que yo he preguntado por qué, no recibo una respuesta satisfactoria.

Turistas en La Habana

Viajar es fotografiar. Lo es. Al menos desde el inicio de la fotografía.  Ahora, con la foto instantánea y los canales de rápida distribución y muestra de las imágenes, es todavía más.  Facebook está inundado de álbumes de viaje.  Algunos muy profesionales, con fotos originales, trabajadas en softwares de retoque; otros con cientos de fotos movidas, mal enfocadas, mal encuadradas y repetitivas. 

Todos tomamos fotos cuando estamos fuera de casa.  Quizá en la mayoría de los casos se trate de una necesidad de documentar nuestra salida:  mostrar a los nuestros que nos fuimos y adónde nos fuimos.  También se trata de darle cuerpo a una nostalgia programada: algún día querremos sentarnos a recordar nuestros viajes y lo que vivimos en ellos.  Otros muy probablemente estén simplemente ritualizando la actividad turística: cuando se ve un edificio que conoces por programas de tele, fotos de viajes de otros, películas, libros y revistas, pues lo que toca hacer es tomarse una foto en la que salga uno al frente con un gesto repetitivo y con el monumento en cuestión al fondo. ¿Por qué o para qué? Porque eso es lo que debe hacerse.  No debe descartarse al grupo antifoto: los que NO quieren tomar fotografía porque no son de los que “viajan por la foto” (dicho con el peor desdén).

Sin embargo, hoy en día, que no existen ya lugares exóticos, para muchos la compulsión por tomar fotografías tiene más bien un renovado valor estético.  Se trata de tomar buenas fotos.  Un turista ya no tiene la posibilidad de enseñarle a nadie cómo es la Torre Eiffel o la Ópera de Sidney o las cataratas de Iguazú. Hay demasiada tele e internet.  Se trata de enseñarle un aspecto, un ángulo, un retoque o un efecto que haga no sólo a Eiffel, la Ópera o a Iguazú el protagonista de la foto, sino la foto misma y la habilidad y sensibilidad del fotógrafo. Se trata de enseñar la singularidad desde la que puede ser vivida la salida de casa. 

Un turista hoy en día es también un artista de la imagen, tenga o no los conocimientos y habilidades técnicas, las mejores intuiciones o nociones, el mejor equipo o siquiera la experiencia para distinguir que la foto que quiere tomar es ya considerada todo un cliché –atardeceres, casi siempre son el mejor ejemplo-.

No importa.  Lo relevante es que tras un abaratamiento del concepto del turista, la cámara podría ser esa herramienta que lo dignifica.  La que lo hace sentir menos una víctima de las redes locales de captación de sus dólares, un imitador de clichés y más un experimentador de la otredad, de lo nuevo, de lo distante.  No se trata de poseer la mejor imagen del lugar –como la que se consigue en una postal oficial-, sino de plasmar un placer estético propio y personalísimo en algún lado. Y, como lo que se hace siempre con los placeres estéticos, ¡mostrarlos!

Cada vez que la intransigencia lleva a prohibir tomar fotografías el turista vuelve a sentirse abaratado, tratado como ganado, un producto del mercado.  Que lo es, sin duda, pero a nadie nos gusta sentirnos así.  Se sacralizan los lugares que le permiten al turista verlos, pero llevarse una imagen propia es pecado. Por suerte son menos los lugares que salen con estas cosas o incluso, empieza a reconocerse el sentido y valor que tiene para el turista tomar su foto que en algunos museos y edificios, cobran una cuota extra por tomar fotografías.  Entra, ve si para ti esto es fotografiable y, si sí, pues paga una cuota extra.

Mientras tanto, yo seguiré buscando una razón satisfactoria a la prohibición de tomar fotos… 

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