Es innecesario poner antecedentes de la crisis que vive la Iglesia Católica en general, y la mexicana en particular. Baste, entonces, con hablar, mejor, de los que menos se habla, de los católicos.
Son aproximadamente 1166 millones en el mundo. Un sexto de la población mundial. Están repartidos en prácticamente todos los países del mundo, pero son mayoritarios en América Latina, Filipinas y algunos países europeos y de África. Desde hace ya cerca de 250 años, el triunfo del racionalismo ilustrado y la decadencia política de la Iglesia han ido progresivamente eliminando la proporción del fervor católico en un gran número de países. Es decir, la crisis de la Iglesia Católica no es de hoy, lleva ya siglos. No se puede pretender precipitar los procesos históricos para la institución político/ideológica más vieja de Occidente. Sin embargo, los católicos son mayoritarios, al menos para efectos de censos del INEGI, en países tan poblados como Brasil o México.
Esta coyuntura crítica rodeada de pederastia, expone abiertamente a la Iglesia a la depredación de sus críticos por las típicas otras rigidices ideológicas que poco tienen que ver con un cristianismo de amor al prójimo y el desapego a las cosas materiales: su condena a la homosexualidad (disfrazada de una exclusiva oposición al matrimonio entre personas del mismo sexo), la condena a los métodos anticonceptivos, el rechazo al sacerdocio femenino, el cada vez más infundado celibato, la concepción de familia burguesa como la exclusiva unidad de la comunidad cristiana, su doble discurso con respecto a las desigualdades socioeconómicas, en fin… Las linduras de siempre. El ambiente que se respira es el de una condena permanente, dura, implacable y despiadada contra la Iglesia que se encuentra más herida que nunca. ¿Qué hacen los católicos con todo esto?
Me los he encontrado dogmáticos. “Las linduras de siempre” están teológica o divinamente inspiradas. Ellas son lo que hacen de la Iglesia a la Iglesia y al que no le guste que se vaya. El llamado de Ratzinger al asumir su papado fue muy claro contra todos los que piensan este tipo de reformas al cristianismo: no importa que sean menos en la barca, mientras sean los fieles… algo así dijo. Ellos respaldarán al Papa en turno, diga lo que diga, haga lo que haga, porque el primer precepto es aceptar la autoridad del Papa bajo cualquier circunstancia. Mientras que una parte de su corazón lamenta un fenómeno de minorización de su culto sectario incluso al interior de la Iglesia, su soberbia aprendida se enorgullece de ser de los fieles exclusivos, merecedores de un Cielo que es cada vez más incierto. No es a estos católicos a los que me seguiré refiriendo.
Me los he encontrado, mayoritariamente, valemadristas. Estos se consideran católicos cuando la gente les pregunta, pero haciendo la aclaración pertinente de que no van a misa o no respaldan a la Institución o no les interesa mucho. Son católicos porque “hay que creer en algo.” No me referiré a estos tampoco porque, definitivamente, no interesan a nadie y para nada.
Finalmente están los más interesantes y determinantes para el rumbo de la Iglesia Católica: los selectivos. Son los que piden aprovechar lo bueno y desechar lo malo. La Iglesia es buena por sus virtudes (entendidas de forma diferente según cada grupo activista al que pertenezcan) y sus vicios (donde sí suele haber consenso) son sólo lamentables, más que condenables. Dentro de este grupo de católicos se encuentran los que demandan dejar a la Iglesia en paz y hablar de lo bueno que hay en ella: su opción por el pobre, su espíritu comunitario, su tradición portadora de cultura, su participación positiva en procesos de guerra, su educación en “valores cristianos,” etcétera. Aunque no lo frasean así, muchos lo piensan: el proyecto cristiano es más grande que la Iglesia y sus errores.
Como miembro que fui de ese grupo de cristianos, algunos me han llamado la atención por sumarme al torrente depredador de la Iglesia en esta coyuntura. Desde luego, he sido señalado también por los fundamentalistas, pero poco sentido tiene referirse con palabras escritas a los ciegos. Prefiero poner este texto, por humilde y minoritario que sea, para llamar yo la atención al grupo de los verdaderos cristianos: su silencio no debe continuar.
Es interesante cómo ante la tremenda adversidad por la que atraviesa la Iglesia, este grupo de personas, muestran preocupación, pero pasividad. Así como en un país donde ha caído un dictador, brincan miles a clamar justicia, esclarecer los crímenes del pasado y redactar un nuevo código democrático y con equidad para todos (en la medida de lo posible), uno podría esperar que los católicos del mundo fueran los primeros en saltar contra las porquerías de su cúpula y pedir a gritos un Concilio. Sin embargo, en la generalidad, lo que se ha visto es que se pide pasividad, paciencia y distancia de la cúpula en lo que resuelve sus cosas y tener como misión cristiana el promover las cosas buenas que hacen otros.
Hans Küng había escrito una carta abierta a los obispos pidiéndoles que convocaran a un concilio nuevo. Hasta donde tengo entendido, la respuesta a su llamado fue nula en términos prácticos. Persiste en el ambiente católico un temor a la renovación, a la reforma… Pareciera estar bien asentada la idea de que “hay mucho que perder” como si la destrucción de la cúpula por sus propias contradicciones no fuera amenaza suficiente.
El tardío liderazgo de Ratzinger por los casos de pederastia le ha anotado varios puntos. No obstante, sigue siendo él quien junto con Wojtyla, congelaron los logros del Concilio Vaticano II, quien sigue considerando que la promoción del condón en África es responsable del contagio de VIH, quien condena la homosexualidad, quien excomulgó a un gran número de sacerdotes latinoamericanos que exigían una postura de la Iglesia a favor del pobre o los que pedían un verdadero macroecumenismo, pero recuperó a los claramente fundamentalistas lefevristas dentro de la Iglesia o a los obispos antisemitas… En fin, Ratzinger resuelve pederastia al tiempo que construye la fortaleza de una Iglesia dogmática y profundamente anticristiana. No hay qué confundirse.
Ver al católico que condena y rechaza estas posturas de la cúpula eclesiástica pero activamente la defiende pidiendo silencio es francamente vergonzoso. Muchas veces escuché que los valores de un verdadero líder católico, inspirado en Jesús, son revolucionarios y activos: no se rinde, no calla la injusticia, no claudica ante las estructuras de poder que lo maniatan… Y lo primero que se observa es una distancia cómplice con una cúpula que justo hace el juego al mensaje contrario que desean predicar.
Supongo que el éxito de la Iglesia para lograr que ni sus propios agremiados se levanten contra su contradicción y desprecio a la humanidad es el haber sembrado su poder monopólico ideológico y su doble discurso con éxito. El católico crítico tiene temor, ante todo, de ser traidor a la Institución que le ha dado muchas oportunidades para hacer lo que entiende como el bien, como si la institución fuera la propietaria y administradora final de la plusvalía de ese bien. Me viene a la mente la entrevista publicada por Milenio sobre una ex consagrada: ella decía que respondió al llamado del infame Maciel a pertenecer a la kafkiana sub-congregación de consagradas por un gran deseo que tenía ella de hacer “el bien.”
El problema, desde luego, es que por más que uno categorice a los católicos en tres grupos, lo que persiste es un enorme continuo entre esos 1166 millones de creyentes que van desde la lealtad absoluta a la cúpula romana, hasta el que, sin dejarse de considerar católico, no participa de ningún rito, dogma o creencia particular de la cúpula. Hay homosexuales que asisten a misa con su pareja y mientras que rechazan la postura de la Iglesia sobre su pecadora vida sexual, se identifican con las posturas de derecha de los padrecitos diocesanos (o legionarios) de sus barrios acomodados. Hay misioneros que viven la opción por el pobre de lleno y la vida comunitaria pero están de acuerdo con las restricciones al uso del condón. En fin, en 1,166 millones de personas está el abanico de la diversidad. ¿Qué bandera es la que los puede unir?
Católicos del mundo, uníos. Lo único que tenéis que perder son sus dogmas anticristianos.
0 posmopolitas:
Publicar un comentario