La cajetilla de las marcas de cigarros que yo fumaba (Marlboro rojos o Camel) está por costar $30. Cuando yo lo dejé acababa de subir de $18 a $20. Ante ello, la gente me dice que imagine el dinero que estoy “ahorrándome” considerando que yo fumaba alrededor de 40 cigarros al día: $1,800 mensuales.
La verdad es que, no quiero sonar grosero con la pobreza nacional, pero no me parece una renta tan cara para el placer que me generaban. Uno se gasta en un café de Starbucks esa misma cantidad. Bien uno se podría comprar un café normal en El Jarocho y luego una cajetilla de cigarros y ahí están: los dos bienes por el mismo precio. En ese sentido, el ahorro nunca fue un argumento para dejar de fumar.
La sensación de fumar era placentera. El humo llegaba a los pulmones dando una sensación de llenar el vacío. El gas que llega al cuerpo ya no es ligero aire, sino esa densidad fresca y casi acuosa del humo del tabaco. Mientras que para muchos esa imagen es asquerosa, para mí era una sensación sensacional. Y luego el humo, escapando el cuerpo… viéndolo salir poco a poco por la boca.
El cigarro me daba algo que hacer cuando estaba esperando, cuando estaba nervioso, cuando estaba incómodo. Mi cigarro del final del día daba momentos de meditación, de introspección. Era un rito de cierre de día que, sin duda, era una forma de rendirle culto a la vida, al milagro de haber visto salir el sol y luego ocultarse con la esperanza científica de que volverá a ocurrir.
A veces, de forma recurrente, sueño que fumo. Una trampa del inconsciente: claramente vivo, siento, estoy fumando y a la vez hay una voz en mi mente durante el sueño que me dice que “eso no es fumar” y que ese cigarro que estoy experimentando oníricamente es un acuerdo que tengo conmigo mismo para fumar sin fumar. Despierto lleno de culpa y a veces tristeza.
Por la cantidad de tabaco que ingería en un día, el cigarro amarillentaba mis manos, mis dientes, mis labios, mi bigote. Me daba un olor corporal desagradable para muchos, se impregnaba en mi pelo y en mi ropa. Me dicen que hoy mi piel tiene una textura y apariencia mucho mejor. Pero a mí nunca me importó. No fue esa la razón por la que dejé de fumar.
Ahora que soy un exfumador, milito en contra de la intolerante ley antitabaco que implantó el Gobierno del Distrito Federal. Estoy a favor de separar y respetar espacios de los no fumadores, pero creo que la forma en la que fue implementada la ley antitabaco en la Ciudad de México fue por demás radical. Los fumadores se extrañan por mi postura política al respecto.
Contrario a muchos otros que también gozaron los privilegios del fumar y decidieron renunciar a ellos, yo no condeno a los que hoy todavía lo hacen. Al contrario, los aliento a hacerlo sin culpa y recordándoles que algún día (o no) tomarán la decisión de ponerle punto final. No me importa que fumen alrededor de mí, ni cuando estoy comiendo. Sé lo que es fumar y que todos te miren como si fueras el peor ecocida, suicida u homicida. Sé lo que es ver a exfumadores que parecieran estar cazando a los fumadores para hacerles caras groseras y, sobre todo, armar un buen pancho como si el contacto con el humo fuera letal. En fin, entiendo que para algunos la renuncia al placer tiene que ideologizarse para lograrla con éxito. No todo mundo es tan fuerte.
El lector probablemente se pregunte, ¿y por qué carajos dejaste de fumar?
Opté por la vida. Desgraciadamente soy de esas personas que deben tener todo o nada. No tengo la capacidad de limitar mi experiencia de fumar a uno, dos o máximo tres cigarrillos al día. 40 o nada. Sé que el tabaco me hace daño y sé que a pesar de que los menores de 25 no piensen lo mismo, soy joven aún y me falta mucho por vivir. Sé también que existen fumadores que a pesar de haber sostenido activamente el vicio por 75 años, no desarrollaron ni una sola de las enfermedades asociadas al tabaquismo. Sin embargo, con una serie importantes de antecedentes genéticos de cáncer y cierta predisposición a enfermedades pulmonares, decidí darle a mi vida la oportunidad no sólo de fumar tabaco, sino también la de otras muchas actividades que se ven amenazadas por fumar: subir a la cima de un volcán, ver la vida adulta de mis sobrinos, subir escaleras cuando sea yo mayor de edad.
Tal vez mañana me llueva un yunque del Cielo, pero al menos no quiero haber sido yo el responsable.
Eso sí, advierto que si llego a la vejez y llegó con salud, probablemente, ¡vuelva a fumar!



